Siempre te busco, no obstante, casi nunca te encuntro.
Las cosas que sé realmente de ti son muy pocas,
la mayoría de ellas triviales.
Sin embargo, me gusta repetirlas en mi pensamiento,
una y otra vez, hasta que se tornan algo así como
una idealización de ti, de lo que podrías ser pero no eres.
En ese momento yo misma me digo que debo dejar de pensar esas cosas,
pero luego pienso en porqué, porqué debería parar,
y la mayoría de argumentos a favor de reprimirme son banales,
simples convenciones que, en realidad, no tendría porqué respetar.
Pero aún así no hago nada, sigo idealizándote en silencio,
desde mi escondite mudo y, al parecer, imperceptible a ojos ajenos.
En ese lugar es posible sentirse seguro, pero también solo.
Es allí donde suelo ver con claridad que intento reprimirte,
expulsarte de mí para que abandones mi mente,
acallar ese principio de sentimiento que no deseo que germine,
porque será el germen que acabará conmigo de una vez por todas.
Curiosamente, cuando estás más débil,
más probabilidades tienes para atraer demás inoportunios...
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