Intento no pensar en ti, pero siempre que se cruzan nuestras miradas,
aunque sé que para ti no es lo mismo, para mí el mundo se acaba.
Los nervios me retuercen el estómago y no me ayudan con las palabras,
demasiada suerte tengo si consigo que no me tiemble la voz.
Sé que lo que siento es imposible, quizás es por eso que me conciencio en apartarlo de mí,
en discriminar esos pensamientos.
Siempre digo que yo no sé que es el amor, si lo supiera intentaría hacer algo mejor con él,
pero el amor no se puede controlar cuando se desconoce, y cuando se conoce, sin duda le controla él a uno.
No se puede escapar de sus garras, el amor se aferra a uno con una fuerza que no tiene nada más,
ni siquiera la gravedad.
Me recuerda a las crestas de las olas, que se dirigen sin remedio a la colisión con las rocas.
Y no tienen otro destino que ese, porque para eso les impulsa su fuerza; para estimbarse.
Y yo tengo la sensación de ser una ola a la deriva, a la espera de ese gran golpe.
Quizás me convenzo sin exito de que las rocas son nubes esponjosas,
que cuando llegue a ellas me acogeran como un grato visitante.
Pero qué ciega, siendo ola solo tengo un destino posible;
la autodestrucción contra esas rocas.
Y no hay marcha atrás.
Y tus ojos cada vez los tengo más gravados en mi retina, como si quedarme ciega no bastara para olvidarlos.
Tengo la sensación de que me perseguirían hasta que olvide mi nombre, hasta que lo olvide todo.
Pero...un momento.
Había olvidado que para ti no es lo mismo. Que si me miras pronto desvías la vista hacia otra cosa, seguramente más importante, seguramente más interesante.
Así que las rocas ignoran a las olas, y las olas solo pueden mirar a las rocas, esperando que el golpe no duela.
Que no duela demasiado.