martes, 8 de mayo de 2012

Nada más caer la tarde

Nada más caer la tarde mis ojos escuecen por perder el sol,
que antes, tan cegador como siempre,
había iluminado todo lo que éstos contemplaban.
Ahora, bajo el mínimo resplandor de la luna,
todo parece más difícil de digerir.
Tu despedida, mi bipartición;
ese trocito de mí que se quedó pegado a tu cuerpo,
como un niño desamparado se aferra a una madre.

Nada más caer la tarde, mis pensamientos se tornan negros,
más tenebrosos que los resquicios secretos de una tentación.
Y la luna se pasea delante de mí durante la noche,
en su camino en el firmamento, parece acercarse.
La saludo con una sonrisa cansada, de tanto esperarla,
y dejo que su blanquez me bañe el rostro y lo torne de plata.

Es cuando más pienso en ti, en como solías llamarla madre,
porque, más que nadie, comprendía ella tus penas.

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